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#teologia11 min de lectura

2 Macabeos 12 y el purgatorio

El pasaje de 2 Macabeos 12:38-46 es el principal texto con el que la Iglesia católica fundamenta la oración por los difuntos y el purgatorio. Qué dice, cómo se usa y por qué la fe reformada no lo acepta como base de doctrina.

En esta entrada

Cuando se pregunta dónde está el purgatorio en la Biblia, la respuesta católica suele empezar por un mismo pasaje: 2 Macabeos 12:38-46. El Catecismo de la Iglesia Católica lo cita en el número 1032 para fundamentar la oración por los difuntos, y de ahí se pasa a la doctrina de una purificación después de la muerte. Esta entrada revisa qué dice el texto, cómo se usa y por qué la fe reformada no lo acepta como base de doctrina.

Qué dice el pasaje

El relato ocurre durante las guerras de los macabeos, en el siglo II a. C. Tras una batalla, Judas Macabeo y sus hombres van a recoger los cuerpos de los soldados judíos caídos:

  • Versículos 39-40. Bajo las túnicas de los muertos encuentran amuletos de los ídolos de Jamnia, algo que la Ley prohibía. Entienden que esa fue la causa de su muerte.
  • Versículo 42. Oran para que ese pecado sea borrado por completo.
  • Versículo 43. Judas hace una colecta de unas dos mil dracmas y la envía a Jerusalén para que se ofrezca un sacrificio por el pecado.
  • Versículos 44-45. El autor elogia la acción. Si Judas no esperara la resurrección de los caídos, orar por los muertos habría sido inútil, y para quienes mueren piadosamente hay reservada una gran recompensa.
  • Versículo 46. Concluye que es santo y piadoso orar por los difuntos para que sean liberados de su pecado.

Cómo se usa para el purgatorio

El razonamiento católico es el siguiente. Si se ora por los muertos para que sus pecados sean perdonados, debe existir un estado después de la muerte en el que esa purificación todavía sea posible. No sería el cielo, donde ya no hace falta, ni el infierno, donde ya no sirve. Ese estado intermedio es el purgatorio (Catecismo, n. 1030-1032).

A este pasaje se suman a veces otros dos textos deuterocanónicos, Eclesiástico 7:33, que pide no negar la bondad a los muertos, y Tobías 4:17, sobre las ofrendas en la tumba de los justos, cuya interpretación es discutida. Y dos textos del Nuevo Testamento: 1 Corintios 3:11-15, donde alguien se salva «así como por fuego», y Mateo 12:32, que habla de un perdón que no se dará «ni en este siglo ni en el venidero».

¿Qué dijo Agustín?

Cuando se busca apoyo para el purgatorio en los Padres de la Iglesia, el nombre que más aparece es el de Agustín de Hipona (354-430). Conviene ver qué escribió realmente, porque la tradición posterior lo citó con mucha más seguridad de la que él mismo tenía.

Los textos

  • Confesiones IX, 13. Tras la muerte de su madre, Mónica, Agustín ora por ella y pide a sus lectores que la recuerden ante el altar. Es un testimonio de que en su época ya se oraba por los difuntos.
  • Enquiridión 69. Comentando 1 Corintios 3, admite que algo semejante a un fuego purificador después de esta vida «no es increíble», pero lo deja como una cuestión que se puede investigar y que puede quedar sin resolver.
  • Enquiridión 110. Las oraciones y ofrendas de los vivos aprovechan a los difuntos, pero solo a quienes vivieron de tal modo que les puedan aprovechar.
  • La ciudad de Dios XXI, 13, 24 y 26. Habla de penas temporales después de la muerte, a las que llama poenae purgatoriae, y vuelve a leer 1 Corintios 3 con un «quizá».
  • Sobre el cuidado de los difuntos (c. 421-422). Escrito a su colega Paulino, obispo de Nola, es el texto que conecta a Agustín con nuestro pasaje: «en los libros de los Macabeos leemos que se ofreció un sacrificio por los muertos» (De cura pro mortuis gerenda 1, 3). Pero añade que, aunque no se leyera en ninguna parte de las Escrituras antiguas, bastaría la autoridad de la costumbre de toda la Iglesia.

Hay que decirlo con honestidad: Agustín sí recibía los libros de los Macabeos como canónicos (La ciudad de Dios XVIII, 36). En eso se apartaba de Jerónimo y de la Biblia hebrea.

Lo que dicen los estudiosos

La investigación académica coincide en que Agustín aportó piezas importantes, pero no la doctrina terminada:

  • Jacques Le Goff, en El nacimiento del Purgatorio, le dedica un lugar central entre los «padres» del purgatorio, sobre todo por el vocabulario que introdujo: los adjetivos purgatorius, temporarius y transitorius. Pero sostiene que el purgatorio como lugar, y el sustantivo purgatorium, solo aparecen en el siglo XII (Le Goff, 1985).
  • Joseph Ntedika estudió el desarrollo del tema en Agustín y mostró que su pensamiento cambió con los años, con un giro hacia el 413 (Ntedika, 1966). Le Goff y la crítica posterior se apoyan en ese estudio (Edwards, 1985).
  • Isabel Moreira, historiadora de la Universidad de Utah, escribe que los teólogos posteriores citaron a Agustín como autoridad sobre el purgatorio, aunque él fue reservado en la materia. Para Agustín, la oración por los difuntos era un acto de piedad y un consuelo para los vivos, y solo los pecados leves podían purgarse después de la muerte. Su extrema cautela sobre el valor de esas oraciones lo convierte, según Moreira, en un «protestante honorario» (Moreira, 2010 y 2023).

Calvino ya lo había notado. En la Institución escribe que el libro de Agustín sobre el cuidado de los difuntos contiene tantas vacilaciones que su frialdad debería apagar el calor de un celo imprudente, mientras que los modernos quieren que sus fantasías sobre el purgatorio se acepten como artículos de fe indiscutibles (Calvino, Institución III, 5, 10).

En resumen, Agustín testimonia una costumbre, la oración por los difuntos, y especula con prudencia sobre un fuego purificador. Pero él mismo apoya esa costumbre más en el uso de la Iglesia que en la Escritura, y nunca enseñó el purgatorio como un dogma.

La respuesta reformada

1. 2 Macabeos no es Escritura canónica

El primer punto es de fondo. Los libros de los Macabeos nunca formaron parte de la Biblia hebrea, la que leían Jesús y los apóstoles. Jerónimo, el traductor de la Vulgata, los distinguía de los libros canónicos. Fue el Concilio de Trento, en 1546, el que los declaró canónicos de manera definitiva, en plena controversia con la Reforma.

La Confesión de Westminster lo resume así: los libros llamados apócrifos, por no ser de inspiración divina, no forman parte del canon de la Escritura, y por tanto no tienen autoridad en la iglesia de Dios ni deben aprobarse o usarse sino como otros escritos humanos (CFW 1.3). Los Treinta y Nueve Artículos de la Iglesia de Inglaterra, siguiendo a Jerónimo, añaden que la iglesia los lee como ejemplo de vida e instrucción de costumbres, pero no los aplica para establecer ninguna doctrina (artículo 6).

El propio libro da razones para esa cautela. Su autor explica que resume en un solo libro los cinco volúmenes de un tal Jasón de Cirene (2 Macabeos 2:23), y al final se despide con modestia: si su relato quedó bien, es lo que quiso, y si es pobre y mediocre, es lo que pudo hacer (2 Macabeos 15:38). Así no habla un profeta que transmite palabra de Dios, sino un historiador que hizo su mejor esfuerzo.

Una doctrina que no se puede probar sino con un libro que no es Escritura no tiene base suficiente para obligar la conciencia del creyente.

2. Aun leído en sus propios términos, no enseña el purgatorio

Supongamos, por un momento, que el pasaje tuviera autoridad. Aun así no dice lo que se le pide que diga.

  • Los soldados murieron en idolatría. Llevar amuletos de ídolos era una violación directa del primer mandamiento. Según la propia doctrina católica, quien muere en pecado mortal no va al purgatorio. El purgatorio es para quienes mueren en gracia de Dios con pecados veniales o penas pendientes (Catecismo, n. 1030 y 1035). El caso del relato no encaja con la doctrina que pretende probar.
  • El texto habla de resurrección, no de purificación. El argumento del autor en los versículos 44 y 45 es la esperanza de la resurrección. En ningún momento menciona un lugar ni un proceso de purificación de las almas.
  • El judaísmo no tenía purgatorio. Ni el autor de Macabeos ni sus lectores conocían la doctrina tal como la formuló la iglesia latina siglos después.

3. Los textos del Nuevo Testamento dicen otra cosa

En 1 Corintios 3:11-15, Pablo habla de quienes edifican la iglesia sobre el fundamento, que es Cristo. Lo que el fuego prueba no son las personas, sino sus obras: «la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada» (1 Corintios 3:13, RVR1960). «El día» es el día del juicio, no un período después de la muerte, y el fuego examina la calidad del trabajo, no purifica el alma. El obrero cuya obra se quema «sufrirá pérdida», es decir, pierde la recompensa, pero él mismo es salvo.

En Mateo 12:32, la expresión «ni en este siglo ni en el venidero» es una manera enfática de decir «nunca». Así lo entiende el pasaje paralelo de Marcos: el que blasfeme contra el Espíritu Santo «no tiene jamás perdón» (Marcos 3:29, RVR1960). El texto niega un perdón, no promete otro en el más allá.

4. La obra de Cristo es suficiente

El problema más serio del purgatorio no es exegético, sino evangélico. Supone que, después de la obra de Cristo, todavía queda algo por pagar o por purificar. La carta a los Hebreos lo niega:

«porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados» (Hebreos 10:14, RVR1960).

La sangre de Cristo no nos limpia de una parte del pecado, sino de todo: «la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado» (1 Juan 1:7, RVR1960). Y la consecuencia es firme: «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Romanos 8:1, RVR1960).

5. El creyente que muere está con el Señor

El Nuevo Testamento no describe un estado de purificación para el creyente que muere, sino su presencia inmediata con Cristo. Al ladrón arrepentido, Jesús le promete: «hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lucas 23:43, RVR1960). Pablo desea «partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor» (Filipenses 1:23, RVR1960), y prefiere «estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor» (2 Corintios 5:8, RVR1960). Después de la muerte no queda una segunda oportunidad, sino el juicio: «está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio» (Hebreos 9:27, RVR1960).

La Confesión de Westminster recoge esta enseñanza. Al morir, las almas de los justos son hechas perfectas en santidad y recibidas en los cielos más altos, y las de los impíos son arrojadas al infierno. Fuera de esos dos lugares, la Escritura no reconoce ningún otro (CFW 32.1).

Por qué importa

La discusión no es un detalle técnico. El purgatorio estuvo en el centro del conflicto que dio origen a la Reforma: las indulgencias que Lutero denunció en sus 95 tesis de 1517 se ofrecían precisamente para reducir las penas de las almas en el purgatorio. Y la respuesta reformada no fue solo negar un lugar, sino afirmar la suficiencia de la obra de Cristo.

Por eso los creyentes reformados no oran por los muertos. No es falta de amor por ellos, sino confianza en que su destino quedó sellado en vida, y en que quienes murieron en Cristo ya descansan en Él. El consuelo del cristiano ante la muerte no está en lo que los vivos puedan hacer por los difuntos, sino en lo que Cristo ya hizo por ellos.

Referencias bibliográficas

  • Agustín de Hipona. Confesiones IX, 13. Enquiridión 69 y 110. La ciudad de Dios XVIII, 36 y XXI, 13, 24 y 26. Sobre el cuidado de los difuntos (De cura pro mortuis gerenda) 1, 3. Consultar el Enquiridión en línea y Sobre el cuidado de los difuntos.
  • Calvino, J. (1559). Institución de la religión cristiana, libro III, capítulo 5, sección 10.
  • Edwards, G. R. (1985). «Purgatory: "Birth" or Evolution?». The Journal of Ecclesiastical History, 36(4), 634-646. Consultar en línea.
  • Le Goff, J. (1985). El nacimiento del Purgatorio. Madrid: Taurus, colección Ensayistas. Original: La naissance du Purgatoire (1981).
  • Moreira, I. (2010). Heaven's Purge: Purgatory in Late Antiquity. Nueva York: Oxford University Press. Consultar en línea.
  • Moreira, I. (2023). «Purgatory in Historical Perspective». En B. N. Wolfe et al. (eds.), St Andrews Encyclopaedia of Theology. Universidad de St Andrews. Consultar en línea.
  • Ntedika, J. (1966). L'évolution de la doctrine du purgatoire chez saint Augustin. París: Études Augustiniennes.
  • Catecismo de la Iglesia Católica (1992), n. 1030-1032 y 1035. Consultar en línea.
  • Confesión de Fe de Westminster (1647), capítulos 1.3 y 32.1. Las paráfrasis son propias.
  • Los Treinta y Nueve Artículos de Religión (1571), artículo 6.
  • Concilio de Trento (1546), sesión IV, «Decreto sobre las Escrituras canónicas».
  • Santa Biblia, Reina-Valera 1960. Sociedades Bíblicas en América Latina.

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